Obama a México: claroscuros de un viaje

Barack Obama, Enrique Pena Nieto

Publicado en el Huffington Post Voces el 29 de abril de 2013

El Presidente de Estados Unidos, Barack Obama, viajará a México esta semana – del 2 al 4 de mayo según lo anunció la Casa Blanca el fin de semana – en la primera visita oficial desde que asumió su segundo término y también desde que tomó su puesto el primer mandatario del país vecino, Enrique Peña Nieto.

Ante la inminencia de la gira, analistas detallan el desarrollo de las relaciones entre ambas naciones desde el retorno del Partido Revolucionario Institucional (PRI) al poder en México. En ese contexto, se observan dos tendencias contradictorias: en México, la minimización de la lucha contra el narcotráfico y la tendencia a la centralización podrían alejar a ambos países. En Estados Unidos, la reforma migratoria, si es aprobada, podría acercarlos.
Efectivamente, se pone en relieve el esfuerzo de la nueva administración en Los Pinos de pasar a segundo plano la violencia causada por el narcotráfico. Allí radica la presencia estadounidense más importante: en el suministro de armas como aviones sin piloto, de entrenamiento, el envío de agentes de inteligencia, la capacitación de la policía, la coordinación. Alrededor de ello se cuajó la Iniciativa Mérida, con sus 1,900 millones de dólares en ayuda económica.

Por cierto, aquí explica el plan Mérida la Secretaría de Estado de EE.UU.

Pero es precisamente allí donde se concentra la sensibilidad del PRI. Si la guerra contra el narco no es tan prioritaria como antes, a fuerza no debería serlo la participación estadounidense, que puede ser considerada en cambio como un desafío a la soberanía nacional y al deseo del partido de centralizar en sí las distintas facetas del poder.

Por lo tanto, como dice el Los Angeles Times este lunes, “se espera que el gobierno mexicano reduzca la participación estadounidense en las oficinas del Procurador General de la Nación y del Ministerio del Interior, agencias que coordinan la policía y la inteligencia”.

El encabezado del análisis del Times lo hace explícito: “El gobierno del presidente mexicano Enrique Peña Nieto parece estar preocupado de la participación de EE.UU. en los asuntos de seguridad”.

En los próximos meses, es factible un cambio importante en la embajada de EE.UU. en México y que se retiren muchos de los agentes de la Agencia Contra la Droga DEA, la Agencia Central de Inteligencia CIA y la Oficina Federal de Investigaciones FBI.

Esto no debería ser una novedad para nadie. Ni bien Peña Nieto ganó las elecciones, el Washington Post publicó una nota de opinión firmada por él donde decía claramente:

“Es un error limitar nuestra relación bilateral a drogas y problemas de seguridad. Nuestros intereses mutuos son demasiado amplios y complejos como para ser restringidos con esa visión a corto plazo”.

Pero del lado estadounidense, el cambio más importante es la renovación del debate migratorio y la concreta posibilidad de que esta vez se apruebe una reforma que legalice a 11 millones de indocumentados, en su mayoría mexicanos. Eso potencialmente llevará a un acercamiento, por esta México interesado en la estabilización y el aumento del flujo de remesas desde Estados Unidos, junto con una normalización de la situación fronteriza.

“Una reforma real significa una seguridad fronteriza más fuerte, y podemos edificarla encima del progreso ya logrado por mi administración: poner más uniformados en la frontera sur que en cualquier otro momento de nuestra historia, y reducir los cruces ilegales a su nivel más bajo en 40 años”, dijo Obama en su Discurso sobre el Estado de la Unión, el 13 de febrero.

Es por eso que ni bien se anunció el viaje el 27 de abril, Obama dijo que “espera que con una reforma migratoria amplia se pueda cooperar no sólo en materia de seguridad de la frontera, sino también en el intercambio de bienes y servicios”, englobando así todas las expectativas.

¿Cuál es entonces la reacción pública de Washington al cambio de prioridades por parte de México? A primera vista, es de aprobación.

El 18 de abril, el secretario de Estado John Kerry visitó México para preparar la visita presidencial y dijo: “No queremos definir esta relación con México… en el contexto de seguridad o tráfico de narcóticos… queremos definirlo mucho más ampliamente en el contexto de las necesidades económicas de nuestros ciudadanos y nuestra capacidad de hacer más en la frontera económica”.

En efecto, “México es el más importante mercado de exportación para 22 de los 50 estados, dijo el Secretario de Relaciones Exteriores de México José Antonio Meade en la misma ocasión.

¿Es ésta la última palabra? ¿Acepta Washington el alejamiento de la lucha contra el narcotráfico?

Sí: adopta el lenguaje de desarrollo económico en la descripción de la relación y espera a ver el desenlace en materia de la guerra contra el narco. Si éste no es catastrófico, preferirá la percepción de tranquilidad que la realidad de inseguridad.

Así, según el Excelsior, Obama lamentó que muchas veces la relación bilateral se haya caracterizado por el tema fronterizo o el narcotráfico, cuando “hay mucho más para la relación en términos de comercio y en términos de energía”.

Y en una entrevista a Univisión al anunciarse el viaje el 26 de abril, Obama dijo de Peña Nieto que “tiene una agenda muy ambiciosa de reformas y queremos estar seguros de poder hablar con ellos sobre cómo seguir reforzando las relaciones y el intercambio comercial”.

Al término de su visita en México, Obama viajará por un día a Costa Rica.

Desde el inicio de su presidencia en enero de 2009, el Presidente visitó 36 países en 53 viajes. Estuvo en la capital México en abril de aquel año para una reunión con el entonces presidente Felipe Calderón y en Guadalajara en agosto para la Cumbre de Líderes de América del Norte; en 2012 participó en la Cumbre de los jefes de estado del grupo de países G-20, en Los Cabos. Esta sería su cuarta visita a México como jefe de estado.