Los fundamentalistas ya están aquí

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Publicado en HispanicLA.com el 6 de octubre de 2009, y curiosamente, todavía tiene vigencia.

De vez en cuando, un crítico, comentarista, escritor, pensador, publica una serie de ideas que define con exactitud el momento que estamos pasando, de manera suscinta y sin tapujos. Así, condensa los acontecimientos con  una conclusión, una observación que nos ayuda directamente a comprender lo que sucede.

Ese fue “Armageddon politics”, de Neal Gabler, publicado el 2 de octubre en el Los Angeles Times, donde comenta la profunda división política en Estados Unidos entre liberales y conservadores.

Gabler es un profesor de Cultura Estadounidense, comentarista de TV, autor de cuatro libros y experto en cine. Todo lo cual lo define como un observador.

En momentos en que la oposición y hostilidad personal contra el presidente Obama alcanza nuevas cimas de insultos y amenazas, Gabler se pregunta por qué en las últimas décadas los conservadores ganan las elecciones pese a que las encuestas muestran que el público generalmente está en desacuerdo con susideas.

La derrota no se debe a una táctica electoral mal conducida, exlica Gabler, ni a la habilidad de los conservadores de reflejar los “valores americanos” como suyos, ni de que los conservadores muestran a los liberales como agentes extranjeros hostiles y afeminados. No se trata de la disyuntiva entre individualismo y comunitarismo. Esos y otros motivos no alcanzan para explicar la tendencia actual.

Es que “confrontan algo mucho más inasible y más difícil de derrotar. Confrontan la religión”.

El conservadurismo se convirtió en los últimos 30 años, alega el autor, de un movimiento político o partidario a un movimiento religioso fundamentalista, con la absoluta convicción propia de la fe religiosa, aplicada a las cuestiones políticas.

Se trata “de la fe en la razón de uno de manera tan inquebrantable que no está sujeta a argumentos políticos… estamos frente a un fundamentalismo político”.

En este cuadro, el diálogo, la solución de compromiso, la fluidez en quién es minoría y quién mayoría, el toma y daca propio del sistema democrático estadounidense desde sus comienzos, desaparecen para dar lugar a algo diferente. Los conservadores, ahora fundamentalistas políticos, “se basan en las inmutables verdades que no pueden ser negociadas, comprometidas o modificadas”, de una manera diametralmente opuesta al liberalismo tal como se practica aquí. Llegamos al extremo en que “las decisiones políticas se convierten en cuestiones de vida o muerte”.

Y los enumera: los “tea-baggers”, o movimiento del Tea Party, como se autoproclama el movimiento contra la reforma sanitaria que irrumpió violentamente en asambleas políticas en todo el país; los que odian a Obama con un fervor que trasciende la política, los que dicen que Obama es ora un Hitler, ora un Stalin. Las tropas de choque, refiriéndose a individuos y grupos que se manifestaron recientemente en presentaciones de Obama portando armas, en estados que permiten mostrarlas en lugares públicos. Y la interpretación es que todos ellos bregan por una solución radical, extrema, a los problemas estadounidenses.

Gabler no lo cita, pero los inicios de este movimiento están en el MacCarthysmo y en el legado de la Guerra Fría donde sistematicamente se atizó el odio a los movimientos populares, los sindicatos, el socialismo, la izquierda y todo lo que huele a ello, como si fuera una bestia sucia  (por ejemplo, “los rosados”), en los movimientos contra los derechos civiles y la desegregación; en las patrullas armadas de miembros del grupo Minuteman en la frontera, a la caza de “ilegales” mexicanos.

Otro origen se encuentra, con no menos influencia, en las sectas que tanto pululan en las pequeñas ciudades del sur y el oeste de Estados Unidos, grupos protestantes fragmentados de las otrora principales corrientes. Su difusión también obedece a las facilidades comunicativas que otorga el internet.

Los fundamentalistas políticos, dice Gabler, “llegan a la conclusión que la tolerancia política [propia de los liberales, como explica], no es capaz de vencer la vehemencia religiosa”.

Es aquí donde el autor lanza su principal conclusión: la cosa es así y no hay remedio. La minoría magnifica su fuerza por el fervor fundamentalista y la fuerza del odio y no hay nada que hacer al respecto. Los principios democráticos están condenados al fracaso:

“Desafortunadamente tienen razón. Al renunciar a la discusión política no pueden ser persuadidos. El raciocinio no funciona con ellos porque sus argumentos se basan en la fe y no en la evidencia. Un mensaje contrario mejor articulado no funciona. Ni funcionan mejores estrategias. Ni organizaciones de base. Nada funciona porque no se puede convencer a fanáticos religiosos de nada más que no sea lo que ya creen”.

De aquí que estos fanáticos son más celosos, más gritones, más lastimados, más amenazantes, más dispuestos a hacerlo todo para vencer. Ellos “no sienten sino desprecio por opiniones contrarias”, “no ven una justa política sino Argameddon”, y para ellos “la derrota es inconcebible… cada batalla es una cruzada o un jihad”.

Y en esta palabra – jihad – hace Gabler por fin y por única vez la conexión al exterior de Estados Unidos, específicamente a los musulmanes y su propio extremismo.

Y agrego por experiencia en carne propia, el movimiento mesiánico en Israel forma parte del mismo proceso. Crecido de la victoria y ocupación de territorios bíblicos en 1967, devino en partidos políticos, grupos terroristas, pero más potentes aún, movimientos de activistas – decenas de miles de ellos – resueltos, por ejemplo, a fundar asentamientos en la Cisjordania, aunque sea confrontando al propio ejército, violando las leyes del país y ejerciendo una opresión inaudita contra los palestinos. Su fervor, su fanatismo, su convicción, los hicieron un factor invencible en la política local, que ningún político pudo ignorar desde entonces, aunque sean una minoría, aunque la mayoría del público israelí los rechace y considere extremistas. De ahí su fuerza y como resultado la ausencia de un acuerdo entre las partes.

¿Provienen todos estos movimientos, históricamente simultáneos, del mismo proceso histórico? El único comparable en magnitud e influencia en la esfera global de las últimas dos décadas es la caída de la Unión Soviética y sus países satélites al derrumbarse sus dictaduras escleróticas, y la restitución del capitalismo. El socialismo y sus bases anti religiosas dejó de ser un elemento viable para quienes no están contentos con su situació. Las organizaciones que postulaban esta alternativa han desaparecido o derivado en otras agrupaciones, a cual más grotesca.

“Esto”, volviendo a la nota de Gabler, “causa terror. Los medios se han acobardado; consideran la intolerancia como si fuese actividad política legítima. Lo mismo pasa con muchos políticos y no sólo aquellos conservadores que saben que si no aceptan esa línea serán arrollados”.

Pienso en John McCain, un republicano que antes de la campaña presidencial de 2008 era considerado moderado y aceptable para los demócratas y sus valores, y que fue uno de los que para no ser “arrollado” adoptó estos puntos de vista. Lo hizo con el nombramiento de Sarah Palin, un ejemplar característico del fundamentalismo político, como candidata a vicepresidente. Lo hizo también posteriormente al defenderla cuando debió repudiarla y desde entonces, después de perder la presidencia, no ha vuelto a su anterior cordura.

Si no hay remedio, ¿que hacer? Gabler no lo menciona tampoco, pero es fuerza recordar que el partido Nazi de Alemania surgió así en 1928, sobre los helechos de la democracia de Weimar y la derrota de las revoluciones de 1919 y 1923, con ese mismo fervor y extremismo. Recuerdo también que el poder le fue entregado a Hitler por el entonces presidente cuando su presencia en el Bundestag no superaba un tercio de los votos. Y que en un año se deshizo de todos sus adversarios, creando el reino de la muerte en lo que había sido el país culturalmente más avanzado del mundo occidental.