La crisis republicana

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En una reunión cerrada y en un domicilio privado, este martes 8 de octubre en Washington, John Boehner comentó con sus colegas que el objetivo del partido Demócrata, de los senadores demócratas en el Senado, de la Casa Blanca,, es “aniquilar al partido republicano”.

¿A qué se refería Boehner, el presidente de la Cámara de Representantes, el republicano de Ohio? ¿Cómo pueden los demócratas destruir al partido republicano? ¿Qué hicieron para merecer ese calificativo?

Barack Obama, Harry Reid – el jefe de la mayoría demócrata en el Senado – y cada vez más políticos (republicanos), jefes de agencias, empresarios, banqueros y la gente de a pie, demandan que la mayoría republicana en la Cámara de Representantes vote para reabrir el gobierno. Y para permitir que Estados Unidos pague sus obligaciones internacionales y nacionales por servicios ya suministrados.

¿Y qué hay en esas demandas que pueda “aniquilar” a los republicanos?

La única manera para salir de la crisis actual es que Boehner convoque al pleno de la Cámara Baja a una votación. Algo que puede hacer hoy mismo. Y que en esa votación aproveche los 200 votos demócratas, para unirlos a un mínimo de 18 votos republicanos (de 232) para lograr la mayoría. La condición sine qua non para la salida de la crisis es, sí, que al menos 18 republicanos voten de manera diferente. O más.

Para Boehner – quien antes de que la facción extremista (entre 40 y 80 congresistas recientemente elegidos y allegados al movimiento radical Tea Party) le hiciese cambiar de idea quería votar por la continuación de los pagos presupuestales – el que algunos voten contra la posición extremista equivale a “aniquilamiento”.

Por eso, y aunque según un estudio de CNN tiene suficientes votos, usa su prerrogativa y no lleva el tema a votación.

Por eso también, desoyó la invitación de Obama a los 232 republicanos a la Casa Blanca y envió a solamente 18 – para que no se escuchen voces de disidencia.

Por lo mismo, en una reunión de 45 minutos que tuvo este miércoles a la tarde con Nancy Pelosi, jefa de la bancada demócrata en la Cámara Baja, rechazó una oferta de ésta por la que los demócratas aceptaban la propuesta de presupuesto de los republicanos a cambio que cesaran su ataque contra Obamacare y reabrieran el gobierno.

En algo tiene razón: desde 2007 se ha estado acumulado en el seno del partido Republicano una línea separatoria entre los tradicionales y los radicales. Una división que ahora es clara y en donde el pilar económico del partido – los grandes negocios, la banca, los jefes de corporaciones – ahora pide un cambio de dirección.

Ante la división, el liderazgo tradicional de los republicanos actuó en su gran mayoría de la misma manera, replegándose por temor a que quien ose desobedecer las exigencias de los más extremistas pierda la nominación del partido para la reelección en su distrito.

Ante la división una sola mantra mantuvo unido al partido: el odio a Barack Obama y a la Ley de Asistencia Médica de Bajo Costo, la que bautizaron “Obamacare”. La mantra llevó a que en 2010 incrementó la presencia del Tea Party en la Cámara Baja con el ingreso de decenas de enviados del movimiento. Llevó a cimas de fervor y entusiasmo durante las primarias presidenciales republicanas de 2012. Y llevó a que ante tanta pompa y circunstancia, los republicanos se convencieran a sí mismos que iban a ganar esos comicios, que perdieron por notable márgin para su espanto.

Todos saben que una vez solucionada la crisis del cierre de la economía la atención se volcará a las elecciones nacionales de 2014 (para toda la Cámara Baja, la 1/3 parte del Senado y unas 20 gobernaturas estatales) y las primarias partidarias.

Los demócratas tienen la posibilidad de recuperar la mayoría que perdieron en 2010.

La posibilidad que ello suceda crece con cada día en que las agencias del gobierno están cerradas.

Andrew Dugan, analista de la encuestadora Gallup, escribió este día que “el índice de popularidadde los republicanos se hundió a niveles récord”.

Mientras que en septiembre el 38 por ciento del público estadounidense tenía una opinión favorable del partido, ésto bajó ahora a 28 por ciento. También los demócratas pierden popularidad, pero no tanto: bajaron de 48 a 44 por ciento.

Más aún: el 62 por ciento de los estadounidenses tienen una mala opinión del GOP (contra 49 por ciento que piensa igual de los demócratas). Y el porcentaje de republicanos a quienes su propio partido desagrada subió al 27 por ciento.

Claro: todo esto, incluyendo el cierre de gobierno, el peligro de default y la derrota republicana en 2014, puede ser un fenómeno pasajero, efímero. Quizás mañana mismo ya se solucione. Pero lo que seguirá en pie es el ya abierto choque entre facciones del partido que le llevan a posiciones extremas y a decisiones políticas que uno de sus congresistas, David Nunes de California, calificó de “lemures con chalecos de suicidas”.

Publicado en el Huffington Post el 9 de octubre de 2013.

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