Helsinki, parte IV: Carlos

Carlos

 

Capítulo 18

¿Qué lo había llevado a las oficinas del Instituto Israel?

¿Qué había empujado a un joven argentino que casi había olvidado que era medio judío a los brazos de aquella institución? ¿Cómo consideraría su vida a partir de aquel momento? ¿Como una pérdida de tiempo, o bien como el inicio de su Redención?

Las decisiones que Carlos tomó fueron siempre abruptas, drásticas. Cambios tajantes en todo el curso de su vida. Su misma apariencia delataba esa tendencia a la bravuconada, la vindicación, la superficialidad: ojos achinados, orejas recortadas, cabeza absolutamente proporcional, nariz fina y puntiaguda, labios delgados y apretados y dientes filosos y amenazadores.  Por esa manera de ser, cuando era aún un adolescente, había aceptado sin mayores comentarios la sugerencia, la orden casi, de su tío Lico de alistarse en la Policía Federal para cumplir allí con su servicio militar. Por eso le había parecido toda una aventura aquel año de servicio y por eso buscó la acción siguiendo el hilo de la madeja que lo iba a llevar a un país remoto. Necesitaba el cambio constante tanto como otros salir a la playa o la buena comida o una vida estable y descansada. Porque era un hombre sin plataforma. Su destino no estaba escrito en ninguna parte, contra lo que otros afirmen. Estuvo a la deriva todos los días y los años de su vida como cualquier otro. Nada en él hacía suponer que se destacara en ningún área, aunque fuese un muchacho talentoso y atractivo. No fue casualidad que Dalia, como muchas otras, se enamorara de él sin que él siquiera se detuviera para observarla, hasta que ella insistió lo suficiente con su presencia lasciva.

Su deriva, por ser suya, se le antojaba un curso de acción, un destino preestablecido y total. La tomó como la dejó: como si estuviese en la guerra, en el campo de exterminio, en la sala de torturas. Sólo que aunque sufrió, jamás fue él el torturado.

Los matices confundían: cierta ternura asomaba de sus canciones debajo del cinismo, cuando todavía cantaba en lugar de matar: “Desplegarán sus banderas / de roja claridad / y entonarán grandes himnos / cantándole a la paz / y dirán que las fronteras / se deben negociar / no debe haber nubarrones / ya pasó la tempestad. / El combate es insalubre/ no volvamos a pelear…”

No es creíble que se haya propuesto una meta en su vida, así, seria y sistemática. No porque establecer una meta en la vida sea algo demasiado serio o difícil o imposible de realizar, sino porque de nada le valdría trazar rumbos y diseñar planos cuando tenía la perfecta conciencia de que él mismo, en el momento más inesperado, invertiría con el mayor de los gustos los planes y para sorpresa de todo aquel que le acompañara -causar sorpresa era uno de los objetivos más importantes- giraría en sentido contrario al anterior con el mismo coraje y aplomo que lo había llevado hasta aquel punto. Pasaron sus años de juventud, sin que dejara ver intersticios en su muralla. Seguramente, no los había.

Durante años, Carlos escribió en alguna parte de su conciencia un diario de navegación, un itinerario de su ruta, pero hacia atrás y sin sorpresas. Todo lo que haría era desconocido, pero lo que ya le sucedió era el resultado de algún plan genial. Era un esquema de propia falsificación que sorprendía y desagradaba. He visto ese diario, o fragmentos de él, durante momentos fugaces y en diferentes etapas de mi vida. Luego de pasarlo por el tamiz de mis propias venganzas, incluí partes de ellos, o su resumen, o lo que he creído que eso fuese, en esto: el resultado mis averiguaciones. La sensación ineludible es que Carlos cometió muchas de sus acciones y fechorías para después narrar cómo las había hecho. O así lo creyó, incluso, él.

Engatusó, o se dejó enamorar por Dalia. La siguió, o la condujo por las galerías de la traición. En nombre de una revolución de la que no entendió ni una palabra y un movimiento por el que jamás sintió el más mínimo respeto, la llevó al borde mismo del altar. Pero no fue el altar del matrimonio, sino del sacrificio. La dejó sangrante en sus lágrimas y convertida en una joven con todo su futuro por detrás, una maestrita de segunda.

La madre de Dalia utilizó las indemnizaciones que los alemanes le habían estado pagando por el abismo del Holocausto para comprar que las madres piensan que es necesario comprar a una hija que se está por casar: muebles, bloques de madera, yeso y hierro. Hasta adquirió un par de bicicletas para que los chicos pasearan: la de Carlos era negra, de varón. La de Dalia fue azul, más baja, de mujer.

¿Cómo pudo ser que Dalia, la enamorada, la revolucionaria, la maestrita, decidiera casarse? ¿Que ella, laica, atea, que odiaba las historias de rabíes y tanías que le repetía la madre, aceptara atravesar los siete yugos del matrimonio religioso, único aceptado en Israel, las siete rondas alrededor del novio, el anillo de esclava? ¿Que aferrara la mano férrea -finalmente promesa de castigo y nada más- que le extendía Carlos, y rechazara con esa indiferencia que resultó asesina, los dedos de Katz que hilaban una vida de compañeros? Esta historia está llena de ironías. Algunas se destilan solas a través del texto. Otras son difíciles de encontrar y mientras elaboraba este informe, surgieron sin aviso. Me daba cuenta de ellas, las remontaba  y la perseguía. Terminaba de escribir a las tres de la mañana, tan agotado que no podía respirar. Pero inexplicablemente despertaba a las siete y casi sonámbulo iba a consultar una fuente que contradecía lo que otra expresaba y allí encontraba la ironía de estas vidas de cartón que relato y que sin embargo son verídicas. La burla, sacándome la lengua con tanta saña como lo hubiese deseado Carlos.

Porque se salió con la suya. Desaparecido Katz, tragado por la arena del oprobio, Carlos lo olvidó con la facilidad de los malos. Se dejó mimar con indiferencia de vencedor y usó sin descanso la energía de sus glúteos. Sin dejar de masticar, aceptó los planes de matrimonio. Estableció una alianza nada santa con la madre de Dalia. Ayudó a ultimar los detalles, como ultimaría poco después las ilusiones de la única persona que lo amó en su vida y en años siguientes, matando, todo vestigio humano de su propio ser.

Cuando faltaba un par de semanas para el día del casamiento, es decir, el día obsceno, impronunciable, Carlos viajó a la Argentina “a ponerse en paz con su familia”, dijo. Enseñó el pasaje de ida y vuelta, se aseguró que Dalia o algún compañero de la organización -que todavía existía- lo iría a esperar al aeropuerto. Y desapareció para siempre de la vida de los Freilich, de Israel, de la gente que le había creído.

En Buenos Aires se dijo que quiso encontrar la paz y el sosiego. Antes de iniciar un nuevo periplo, más terrible que cualquier anterior, anunció que había hallado esa paz en Jesucristo. Dice una historia que terminó sus estudios de abogacía, impulsado por el inefable Lico. Es apócrifa. La verdad es que Carlos Merino, a través de una alianza matrimonial con la hija de un militar de alto rango, trepó la sangre de muchos hacia un puesto en las cocinas de la tortura, los mataderos de la ignominia. Su conversión al catolicismo, como su inclinación hacia su medio judaísmo, fueron sólo medios esquivos exigidos por otros, presentes o ausentes. Siguió sus tumbos como teniente Merino, manchando en el devenir de sus días el de los demás.

Se convierte entonces; adopta un nuevo nombre, triste espejo de su nombre hebreo, que es a su vez un apellido de converso. Cambia, en fin, el uniforme del ejercito israelí y las sombras de su actividad clandestina dentro de la izquierda por la fajina de represor para la Policía

Si hiciera un relampagueante balance de su vida, no reconocería su conversión al catolicismo como uno de los actos capitales. Le había abierto algunas puertas: él era ahora oficial y amigo de los curas, todo sea por la patria. Pero jamás pudo tomar demasiado en serio a Jesucristo: eso del amor a los hombres y el perdón le desconcertaba. En última instancia su conversión no dejó de ser el astuto acto de un judío inteligente, decidido a todo.


Capítulo 19

El país era en aquellos años el país inconsciente, el que se imaginaba fuerte y decidido, que se había armado hasta los dientes, dispuesto al mayor de los sacrificios con tal de mantener su independencia, dominar un enclave extraño y asegurar su tranquilidad y crecimiento sobre la desgracia y el lamento de miles de seres oscuros, casi invisibles, de árabes sin nombre y sin nacionalidad.

Para Carlos, el país: Israel, era un nido de civilización en un bosque de barbarie. Por otra parte, había sido agredido, atacado, masacrado. El estaba del lado de los sufrientes, del lado de los justos, de los fuertes, de los blancos, de Occidente. Del correcto.

En última instancia, Carlos era judío, porque su padre lo había sido… ¿Lo era? ¿Era esto lo que le atraía? En ese momento, sólo la conclusión de esa movida podría mostrar sus razones. Sólo el resultado final de esa zambullida en las aguas abismales del judaísmo que le era extraño puede mostrar la razón del cambio de dirección y de la carrera inicial hacia aquel trampolín.

En definitiva, con un poco de esa abulia que él siempre encontraba en sus hechos y que no permitía traslucir, desechó sus pensamientos y meditaciones y enfiló para el centro del Once, en Buenos Aires.

Había en el lugar de la concentración judíos de lugares que Carlos jamás había sospechado que existiesen. Gigantes morochos de Marchiquita, Gualeguaychú, Santa Fe y Fray Bentos, lejanos parientes de Basavilbaso, San Salvador y hasta de Villa Clara. Y Saúl de Moisesville. Aunque la gran mayoría era de la Capital Federal claro, matizando vocablos hebreos con el lunfardo. No pudo evitar una mueca de disgusto ante esa jerigonza infernal que allí se hablaba. Su delicado concepto del lenguaje no le dejaba ni por un momento, ni en el sexo lo abandonaba, sin ser demasiado puntilloso ni exigente como Katz, que borraba los adverbios de los adjetivos y luego los mismos adjetivos dejando desolado el terreno árido del texto seco. Carlos prefería el silencio al error; como la comunicación no era algo que le preocupase, pensaba antes de hablar como lo hacen las mujeres, sólo que en lugar de querer hacer una buena impresión ante el resto, sólo le interesaba justificar su propio concepto de pulcritud mental: se lavaba las manos antes de hundirlas en la sangre.

Saúl, el  representante del Movimiento Israel, se subió a un banquillo. Su ojo de vidrio resplandecía, su rostro denotaba la tensión. Dijo:

-Compañeros, shalom, estamos muy contentos de tenerlos aquí con nosotros, en el primer grupo juvenil que organizamos. El principal motivo de esta reunión es que nos conozcamos unos a los otros y que trabemos amistad, ya que en los próximos meses pasaremos mucho tiempo juntos, especialmente durante el viaje al país. Van a tener después la oportunidad de formular todas las preguntas que quieran, relacionadas con el viaje, eso sí, no me hagan ahora preguntas personales; esas las pueden hacer en los horarios habituales de las oficinas. El compañero les va a explicar enseguida cuáles serán las próximas etapas. Después van a ver una serie de películas sobre las distintas formas de vida en Israel, para aquellos que todavía no decidieron qué van a hacer allí y también para los que ya lo decidieron pero quieren conocer más a fondo el tipo de vida que seleccionaron… Se servirá un refresco, hola Graciela, ¿qué tal?… y después nos vamos a dividir en grupos de trabajo…

Carlos perdió el hilo de la conversación desde el momento en que Saúl había mencionado “las distintas formas de vida”. Esto es un bodrio, se dijo, y me muero de aburrimiento. Lo había anticipado la semana anterior, cuando entró por primera vez, como un viento, a las oficinas del Instituto Israel en Buenos Aires, y le había preguntado a la secretaria con quién hay que hablar para irse a vivir a Israel. Lo había mirado ella con extrañeza y sin saber qué hacer durante un rato, hasta que pasó por allí Saúl y ella le dijo:

-Con él tiene que hablar.

-Dígame…

-Le decía a la señorita que quiero irme a vivir al país.

-Ahhh… ¿así que querés hacer aliá?

-¿Cómo allá?, preguntó Carlos fastidiado.

-Bueno, bueno. No importa, vení, vamos a hablar en mi oficina.

En Saúl encontró nociones de judaísmo, reminiscencias de su propio pasado malgastado, recuerdos de un abuelo y una abuela, festividades casi secretas que sus padres no compartían, objetos encantados que Carlitos observaba desde afuera de la vitrina, ignorados en su propia casa. La sombra de unas filacterias. Una Biblia en hebreo, antigua reliquia. Sus primeras páginas estaban cubiertas de extraños jeroglíficos, fechas y anotaciones en judío. Supo que la propia fecha de su propio nacimiento estaba incluida allí, con las de antepasados ancestrales, y que la lista de aquella Biblia contenía una copia de los datos anotados en otra, quemada por los alemanes en Polonia cincuenta años antes, que fue rescatada de memoria, y que la otra Biblia, esa sí, era una antigüedad, y que tenía casi trescientos años.

Bajo la inconfesable fuerza de las sugerencias de Saúl, acudió a la Biblia de la vitrina materna y buscó entre sus hojas la fecha de su propia muerte. Al no hallarla, o al no saber descifrar las cuadradas letras de hierro, fue arrancando sus páginas y la dejó reducida a un esqueleto.

Después, también Saúl se perdería entre los pliegues de olvido de una existencia turbulenta y accidentada, y sólo lo volvería a encontrar cuando la rueda cabalística ya había dado demasiadas vueltas y el reencuentro de las dos almas fue no sólo imposible, sino también inconcebible: estaban de los dos lados de una cama. De tortura.

Capítulo 20

Nací, creo, como Juan Carlos Merinowski. Juan Carlos fue también el nombre de mi padre, que me fue otorgado luego de su muerte. Aunque es simple y común, traía reminiscencias dolorosas para mi madre y el resto de mi familia. Llamarme Juan, Juan Carlos o siquiera Juanco despertaba llanto y tristeza. Afortunadamente, se prohibió recordar el primer nombre, y durante toda mi infancia fui Carlos o Carlitos. Carlos fui también en mi adolescencia y durante mi servicio militar.

Más tarde descubrí mi medio judaísmo. Dejé el apellido Merinowski, que era diaspórico y extranjerizante, y adopté entonces el más hebreo y significativo de Ben Abraham, que significa, lógicamente “hijo de Abraham”. Es el apellido que nuestros sacerdotes adjudican a los gentiles convertidos al judaísmo. Son directos hijos del patriarca de nuestro pueblo, Abraham hijo de Taré, y así me consideré yo durante años. Sólo, qué paradoja, cuando conocí a Dalia volví a hacerme llamar Carlos a secas.

Los primeros recuerdos que conservo se relacionan con un chalet de la calle Las Heras en Vicente López, provincia de Buenos Aires, lugar que me vio nacer. No conocí a mi padre, quien como ya dije me legó su nombre. Murió casi cuando yo nacía, con cuarenta y ocho horas de diferencia. Mucha gente hace un gesto, una mueca de dolor cuando escucha el hecho, que en realidad tiene más visos literarios o de cuento de vecinas piadosas que importancia cronológica. Mi madre no volvió a casarse. De mi padre conservo pocos y entrecortados relatos, algunas fotos: con los compañeros de la Facultad de Ingeniería; remando en la zona del Tigre; con amigos. De niño, con sus padres y los dos hermanos. Están allí, todavía, los bloques de su papel membrete. En el cementerio judío de Liniers, al que no concurro jamás, hay una foto oval impresa sobre metal.

La muerte de mi padre que coincide con mi nacimiento, la ausencia casi total de datos sobre él, su desaparición de la casa, la desaparición total, mi infancia sin padre, el abandono, en fin, me sentenciaron de una manera que aún hoy no alcanzo a comprender.

El abandono se tramó así: en los últimos tres meses del embarazo, mi madre debió guardar cama permanentemente. En aquella poca, su esposo iba enfermando. El día en que yo nacía estaba él en lo que se da en llamar el lecho de muerte: la cama donde uno se muere. Doce médicos, como el número de las tribus israelitas, lo rodeaban. ¿Qué hacían? Un misterio. No sobrevivió sus ajetreos y vanos esfuerzos. Fueron un lastre.

Los acontecimientos, a décadas de distancia y reconstruidos a través de rumores, conjeturas y confesiones a media voz, son terriblemente equívocos. Cada versión lleva a un callejón sin salida, por inexplicable y absurda. Sin embargo, creo haber nacido, no en el hospital que tantas veces, cuando pasábamos en tren por Vicente López, ella señalaba, sino en la casa de una partera, en un cuarto frío e inhóspito, solos nosotros tres, mientras él se moría. Por la simetría de su muerte y mi nacimiento, las ociosidades de la simultaneidad, fui hecho por mi madre responsable de su muerte. Estaba, lo entiendo,  exasperada por el revés recibido, del cual jamás se recuperaría ni querría hacerlo. No sé qué hizo durante todo un año: se fue. No hay registros ni memorias fáciles, de esas que se narran en las comidas familiares.

En ese lapso fui atendido por tías y sirvientes, abuelos y desconocidos. Recuerdo vagamente a una de ellas diciendo que ella me había bañado durante el primer año “porque tu mamá no te podía atender”. Imagino que después ella fue retornando al bicho que yo era, quizás con una especie de asco mezclado con la terrible culpa. Intuyo que la asociación entre su muerte y mi nacimiento fue demasiado. Intuyo también que el deseo de recuperar la vida de él por medio de mi muerte provocó tal desgarradora sensación de culpa que le quebró la vida. La culpa es invencible. Todo ello fue secreto y lo sigue siendo, sin dilucidarse jamás, incluso después de que llegó a las puertas de la decrepitud y la telaraña del olvido amenazó con arrebatarle los segundos históricos de lúcida felicidad, ya idealizada, ya prolongada… permitiendo que entre vengativo e imaginativo, pueda estar yo ideando cualquier quimera con tal de desentrañar el presunto secreto tan malamente guardado.

Pero la imagen de Juan Carlos Merinowski, mi padre, fue venerada: hecho un atado, la foto ovalada arrancada de su sepulcro. Hay hondas miradas de un tío protector y poderoso, mis llantos nocturnos, la reprimenda de mi madre porque lloraba por lástima a mi mismo y no por consideración con aquella persona maravillosa, increíble, que Juanco había sido. Yo no tenía derecho ni acceso al llanto loable del luto y al dolor al no haberlo conocido. Mi madre, con la colaboración afanosa y preocupada de la familia, nos inculcó una idealización que haría de Juan Carlos un hombre imposible de superar o imitar. La muerte le había agregado la doble virtud del misterio y la perfección. Muerto, era elevado a la categoría de ídolo. Y yo no creo en los ídolos.

Supongo una vida difícil entre él y mi madre: él habrá sido como yo, atlético y emprendedor, implacable, de una cultura media como todo ingeniero, con la capacidad de envolverla a ella, inquieta, encantadora a su manera, feliz quizás. Pero me alejo. Entro en la vida de quienes la vedaron entre la muerte y el silencio cómplice.

Unos meses después de registrados los hechos que relato, el tío Lico adquirió para mamá, que es católica, un departamento en las esquina de la calle Pasteur y la avenida Corrientes, en pleno del barrio judío del aquel entonces: el Once, a una cuadra de su propia casa. La finca enorme de Vicente López, que albergó un breve sueño de realización y plenitud amorosa, se sumió en un letargo sacudido sólo por esporádicas visitas veraniegas. Quedó una lápida de metal clavada por el tío, ya medio ciego por el dolor, explicando que allí había vivido el ingeniero renombrado. Finalmente, la compró un juez.

¿En dónde empezó a hilvanarse mi actitud hacia las mujeres? Indudablemente, pero de una manera que no sé explicarme, en la madre. Hay inicialmente una experiencia de abandono, la suya contra mí, que apliqué después y para toda la vida.

Tuve entonces varios padres. Ninguno de ellos, claro, fue el verdadero. Ni tampoco un padrastro. Ni siquiera hubo algo así como un amigo de mi mamá: todos mis padres fueron como asesores, consejeros o psicólogos que se intercambiaban según yo avanzara en edad o se agravaran mis problemas o cruzara algún Rubicón prohibido para sus éticas. Todos ellos, incluyendo al gordo aquel a quien pegué un puñetazo y al que jamás volví a ver, fueron estúpidamente buenos y paternales, sensibles y pacientes conmigo. Nunca terminé de saber si los psicólogos a los que acudí lo eran realmente. Si el hecho que me enviasen a ellos respondía a una moda muy difundida entre la clase media de Buenos Aires de aquellos años, cuando quien no iba a terapia o no era psiquiatra él mismo estaba fuera de la corriente cultural civilizada, o si mis sesiones eran una suplencia consciente del cariño y el tiempo que mi familia olvidó dedicarme.

Mi mamá siguió concurriendo a misa casi todos los domingos incluso después de su matrimonio con mi papá. Sin embargo, jamás se quebró el delicado balance propio de un casamiento entre personas de distinta religión. Y si bien en sus últimos años mi padre, por el instinto de supervivencia de su especie, comenzó a observar los preceptos mosaicos, también es cierto que (según me contaron) él nunca fue más allá de lo que le permitían sus propias convicciones. Esto parecería absolutamente natural, pero no lo es para la enorme mayoría de las personas, que viven a partir de su periferia de sus redes de influencia y relaciones y no de su verdadero centro, que es empujada por la inercia de sus propias ideas a acciones que en realidad no justifican pero que aprenden porque es eso lo que se espera de ellos para encajar dentro de la apretada tribu de sus contactos y conocidos, para ganarse el pan social. Quiero decir con esto, que jamás insistió él en que la comida en la casa fuera ritual, ni que mamá encendiese las velas en la celebración del sábado.

De aquellos pocos años en que compartieron una vida de personajes inigualablemente diferentes, quedaron algunos exponentes en aquella casa. Cruces y candelabros de siete brazos, pesados tomos de plegaria, estampas de santos, novelas de héroes hebreos.

Aquellos símbolos fueron durante mis años de infancia y adolescencia un ancla contra mi desaparición en el vacío, contra mi disolución en la vida de mis tíos, la vida como todos. Casi en secreto y contra los signos exteriores seguí considerándome hijo, continuador de mi padre. En mis intentos por darle forma a aquel padre fantasmagórico, de contornos ambiguos, aquel padre no conocido, terminé por pretender ser no sólo el heredero legítimo y el continuador natural de lo que había sido su vida, sino también toda una extensión de aquella, con nombre similar y en otro cuerpo.

Al enfrentarme con alguna situación limítrofe, jamás me pregunté con incoherencia y tartamudeando qué hubiese hecho mi padre, sino que comprendí que lo que yo estaba decidiendo era correcto porque era la elección de él al ser la mía. No por suponer que sus decisiones eran las de un fantasma inexistente dejaban éstas de ser reales, y no existía separación alguna entre nuestros dos juicios.

De esa manera pude consolarme un poco de su ausencia y encontrar solaz en mi soledad.

Tuve mucho tiempo libre para dedicar a los pensamientos. Distintos, contradictorios. Quizás el mayor logro de mi vida haya sido la posibilidad de exteriorizar algunos de ellos y convertirlos en hechos. Los ricos tienen mucho dinero porque piensan en mucho dinero. En grandes cantidades de plata. En un millón de dólares, por ejemplo. ¿Quién puede concebir un millón de dólares? Aquel que seriamente se lo propone. Piensan en un palacete, en un avión privado, y aparece. ¿Qué nos sucede cuando pensamos en un palacete o en un avión privado? Nos retrotraemos a los movies, a las películas. Las películas fueron el refugio de los sueños frustrados. Adopté para mi familia imaginaria a mis principales protagonistas cinematográficos, hilvané sus historias personales en torno a la mía, deduje de sus virtudes y defectos cuáles eran los que me favorecían o aquejaban, y finalmente inferí de los desenlaces de sus aventuras las bifurcaciones por las que iban a atravesar las mías.

Pensé: soy un niño fuerte, un joven fuerte. Pensé en una pesa de cien kilos. Pensé en recorrer el río Paraná a remo. Lo hice, llevando veinte bolsas de glucosa atadas a mis piernas. Me convertí en un atleta, en un campeón, en un joven delgado, musculoso y peligroso. Asocié, sí, los músculos con el peligro, y en mi caso, lo mejor era que la gente supiese, con solo echarme un vistazo, que estaba en presencia de alguien armado de violencia. De alguien con poder. De alguien al que no se puede despreciar ni ¡maldita sea! apiadarse. Y la mejor forma de impedir que la gente sintiera por mí lástima fue ser fuerte, musculoso, ganador. Aquí están los trofeos, las copas, las medallas.

Por todo eso una de las figuras más importantes de mi vida fue el doctor Angélico García, el abogado, quien para mí fue mi tío Lico. Era el hermano de mi mamá, y aunque jamás había aceptado la idea de que su hermana conviviera con un hebreo, la muerte de mi papá dejó una dolorosa y frustrante huella en él. A veces yo lo sorprendía mirándome mirar la foto del padre desconocido y entonces se permitía una palabras de cariño para mí y en la memoria de aquel. Pero fuera de esos escapes de ternura y consideración, era un católico recalcitrante y un patriota desenfrenado. ¡Qué risa!

El tío Lico me llevaba al chalet: dos patios, dos pisos, sótano, huerto en donde cultivaba cinco metros cuadrados de cebolla, cinco de lechuga, cinco de rabanitos. Mi tío plantó en los costados del huerto semillas de zapallo. Al verano siguiente, cuando regresamos al lugar, los zapallos habían cubierto todo el campito. Aquella temporada, regalamos zapallos.

En otros años regalábamos el fruto de un ciruelo enorme; su cosecha era tan abundante que el suelo a su alrededor era una espesa y jugosa felpa. El ciruelo daba frondosa sombra a una hamaca de madera, en donde jugábamos hasta cuatro niños, y a una mesa de mármol blanco rodeada por bancos del mismo material, empotrados en la tierra. Allí, un perro callejero me abrió la mano de un mordisco y mi mamá debió viajar todos los días en tren hasta Morón para alimentarlo. Hasta que al cabo de dos semanas la perrera dictaminó que estaba sano y lo mató. Menos mal.

(***)

Entre mi tío y mi madre, supieron inculcarme algo más allá del agradecimiento que por la República Argentina sentían los abuelos, esto es un genuino patriotismo, un sentimiento de total identificación con la nación, férreas opiniones contra los culpables de nuestros problemas y desgracias. Y yo lo incorporé como hijo de mi padre, y como él lo hubiese sentido, sentí asco por los camiones de leyenda que contaban, recorrían el centro de Buenos Aires camino de Plaza de Mayo y las voces roncas que vociferaban detrás de las antorchas.

El trabajo, la dedicación a la patria no tienen límites, no tienen horas, no tienen descanso. Todo es un sólo esfuerzo sin respiro, sin detenerse nunca, nunca, hasta que el otro se canse y afloje y expire y no vuelva nunca más a hacer problemas

Cuando yo, el nene, terminé la secundaria, empecé a ayudar al tío en el estudio de abogacía, empecé primer año en la Facultad de Derecho y después segundo año y un día me dijo:

-Quiero que hagás la colimba este año-.

-Sí, tío Lico-, contesté. Porque sólo más fuerza, lo sé bien, puede responder a la fuerza. Y aún desde la desgracia, estábamos condenados a no desaparecer sin luchar, a no dar cuartel, a devolver cien golpes por cada diez, diez mil por cada cien, y ya me veía al frente de los Granaderos a Caballo luchando contra los comunistas, los nazis y los antisemitas de todo el mundo.

-Sí, pero quiero que la hagás en la Policía Federal. Ya hablé de eso con Ferré; tenés que ir a verlo esta semana.

Y, hijo de Merinowski, fui policía durante casi un año.

Capítulo 21

–Este es Carlos, ¿te acordás que te hablé de él?

–Hola- no me llamo Carlos… me llamo Uri.

O David. O Iosi. Carlos elegía un nombre israelí cualquiera, con sabor a tierra mojada y sacrificio. Como los árabes que querían ser judíos, pero al revés.

Ese rito se repetía cada vez que se le presentaba ante un nuevo integrante del grupo. Faltaba poco más de un mes para la partida a Israel.

–Carlos yo era antes.

-¿Qué eras?

–Un hijo de papá que iba a ser el abogado más brillante de Villa Crespo. Pero ahora que me voy al país y que voy a hacer el ejército, me hice Uri.

–¿Y para qué querés ir al ejército de Israel?

La sonrisa sobre sus labios finos no se reflejó en los ojos, pequeños y acerados. Unos dientes filosos y diminutos asomaron; Carlos sabía que esto le confería un aspecto feroz. Mantuvo sus facciones paralizadas por unos segundos, después se restregó el pelo y dijo:

–¿Y para qué va a ser? ¡Matar árabes!

Y, agresivo, ya mayor de edad, brindó con ellos por el éxito de la común empresa, dejó a todos parados en medio de la habitación y se retiró a un rincón en donde libre ya de las miradas pudo seguir guitarreando.

(***)

Fue una noche en que se encaminaban a la pizzería en el Ford Fairlane del tío de Carlos que él les contó de su servicio militar. Carlos conducía a toda velocidad; volvían de una actividad de esclarecimiento sobre lo que les esperaba en el nuevo país. Como movido por una invisible palanca el tema de la conversación se concentró nuevamente en Carlos, que estaba contento porque iba a ejercer una vez más su generosidad de muchacho grande y además rico. Comenzó a narrar su infancia con palabras entrecortadas, silencios que ellos no alteraban, impacientes por conocer el final y también por llegar a la pizzería San Martín, cerca de la casa de Carlos.

­La colimba, la hice en la policía.

Fue recién al final de la cerveza, cuando se frotaban las manos con satisfacción, que Gabriel le pidió a Carlos que siguiera contando, y él, con los ojos brillantes, dijo:

­ ¡No! Era un simple ladrón. Lo estaban trayendo a la comisaría, la Treinta y Tres que queda en Lavalle y Pueyrredón, ni esposado ni atado, ni siquiera acompañado por dos agentes, sino simplemente tomado del brazo de otro colimba, cuando el tipo sacudió de repente la cabeza, le colocó a mi compañero una mano en el hombro y después de decirle “¡No!, aquí no me metés”, le rompió la nariz de un cabezazo y después se puso a correr. Pasaba por delante de los coches que cruzaban Lavalle como una exhalación, atropellando a las viejas que venían a comprar saldo y seguía gritando. Yo que estaba de centinela a la entrada no esperé que me lo dijesen para correr detrás de él. Después de dos cuadras, cuando se dio cuenta de que yo lo seguía y que lo iba alcanzando, agotado y quizás consciente de lo que había hecho y de la paliza que le esperaba, se apoyó en la vidriera de una lencería-mercería. Había grandes descuentos y la tipa que atendía se escapó corriendo ni bien me vio desenfundando el revólver y parapetándome detrás de un árbol en la vereda de enfrente. Levanté el arma con las dos manos y le dije que no se moviera porque si no, disparo.

­ ¿Cómo se lo dijiste? ¿Así como así, cómo? ­ preguntó Graciela, atrapada por las manos tajantes de Carlos que iban cortando el aire y gesticulando para finalmente aterrizar con mucha suavidad en su minifalda.

­¡No te movás si querés vivir! – le dije.

Y se movió, nomás.

­Bueno, entonces lo mataste.

Capítulo 22

De Italia a Israel, a bordo de un barco de ZIM. Cuando se aproximaban a las costas del nuevo país, todos se congregaron en la proa. Al ver emerger como rodilla bajo el cielo al monte Carmelo, Carlos habló en voz muy alta y como profeta; decía que estaban arribando a una isla maravillosa. Que para él, el viaje por barco desde su patria de nacimiento hasta aquel lugar de visión epifánica, donde la tierra que le había sido prometida en algún texto, manifestaba su existencia terrenal. Que reconquistaba para él un lugar en este mundo. Al mismo tiempo, lo perdía en otro, en un estado de conciencia que le pertenecía sólo a él y a sus propias explicaciones.

Así dijo, entre grave y divertido, y se retiró después como invitando a que lo siga un séquito de admiradores, y efectivamente lo siguió Graciela hasta su camarín, donde seguramente pudieron seguir discutiendo las peculiaridades de la visión de Carlos desde la perspectiva amable de unas sábanas que revoloteaban.