El papa Bergoglio como símbolo argentino

Bergoglio

Publicado en el Huffington Post Voces, el 17 de marzo de 2013

Este miércoles 13 de marzo, pocos minutos después de que las señales de humo desde el Vaticano indicaran que habíamos papam, y que Francisco saliera al balcón a arengar a la multitud que lo vitoreaba, comenzaron a llegarme las felicitaciones.

“Bravo por el papa, che”, escribió un amigo cubano.

“Te felicito solo por el hecho de que el líder de mil millones de católicos por primera vez es un ciudadano del Nuevo Mundo y encima es argentino… a lo mejor hasta canta tangos”.

Un amigo ecuatoriano decía que “no deja de alegrarme que el ungido es de nuestro continente y de Argentina, de donde eres. Empiezan a circular las consabidas bromas sobre el superego de los argentinos. Imaginate che.”

Otros repetían mensajes en ese tenor en emails, mensajes de texto, posts a facebook, y hasta llamadas telefónicas.

Todos los que me congratularon sabían que yo no soy católico. Soy judío.

Pero también, todos ellos sabían que me importaba y me alegraba el hecho que el nuevo papa sea argentino.

Y cuando Jorge Mario Bergoglio finalmente habló, salió a relucir su fuerte acento argentino – es más, porteño, de Buenos Aires. Una manera de pronunciar las frases fuerte, una cadencia y melodía característica y que comparto con él. Ah: el acento porteño es tan parecido al italiano que una vez, caminando yo por las calles de Roma seguí por diez minutos a dos hombres que conversaban y gesticulaban en voz muy alta porque estaba convencido de que eran compatriotas míos.

Y Bergoglio usó también un lenguaje a la vez llano y erudito que caracteriza a tanto intelectual argentino.

Aquel mismo día me comenzaron a llegar chistes, y caricaturas. Algunos aludían a la imagen que los argentinos tenemos como personajes pretenciosos. En uno, el “papa” aclaraba que dios “no es mi padre, es mi hermano gemelo, ¿viste?”. En otro se sumaba a los futbolistas Diego Maradona como el Padre, Lionel Messi como el hijo y al Sumo Pontífice como Espíritu Santo. En otro, un cardenal preguntaba “¿quién fue el gracioso?”, mientras enseñaba una tarjeta de votación papal que llevaba precisamente, el nombre de Messi.

Francisco ya es, entonces, parte de la cultura popular argentina.

Pero poco renació la controversia que ha envuelto a Bergoglio por años, por su actuación durante la última dictadura militar. No se lo acusa de participación, sino de indiferencia, de no haber protegido a dos de sus jesuitas que fueron secuestrados y encarcelados sin juicio por cinco meses. Además, tuvo que prestar testimonio en 2011 para aclarar si conocía o no el tema del robo de bebés de desaparecidos en aquellos tiempos (él declaró que no).

Y esta misma semana, Estela de Carlotto, presidenta de Abuela de Plazas de Mayo pidió al nuevo papa “que no nos olvide”, porque, dijo, “no lo escuchamos nunca hablar de nuestros nietos, ni de los desaparecidos… No vino a estrecharnos las manos ni a ofrecer desde la iglesia el apoyo necesario”.

La Argentina entre 1976 y 1983 vivió el terrorismo de estado más abyecto y cruel. Hubo muchos que lo apoyaron, quizás por ignorancia, o estupidez, o miedo, o porque les convenía, o por todos esos motivos juntos. Ante la desaparición de tantos miles, había una frase que repetían, una frase que ignora el estado de ley y la existencia de tribunales y que a alguien se lo considera inocente, una frase terrible y cobarde: “por algo será”. No querían ver.

Las heridas no se cierran, y las justificaciones siguen en el aire.

El Vaticano ha negado toda acusación y protestado por las recientes publicaciones. Adolfo Pérez Esquivel, premio Nobel de la Paz argentino, habló favorablemente del hoy papa. Este en un libro y declaraciones del pasado informó que intercedió por desaparecidos ante los militares.

Cabe considerar también los testimonios en el sitio de las Abuelas sobre los dos casos relacionados al hoy papa, y que hablan, según dicen allí, de “la estrecha vinculación entre la iglesia y la dictadura”.

Entonces, Bergoglio contiene las dos caras de aquella época. Su propia contradicción caracteriza a quienes vivieron aquellos años. Es como si fuera un símbolo.

Para muchos en la Argentina entonces, el nombramiento de Bergoglio fue agridulce.

Pero al menos, y también para muchos, estimula y reconforta que sea de simples costumbres y no apegado a la pompa, el boato y la ostentación; que haya declarado repetidamente su solidaridad con los más pobres, y que ponga a América Latina en el mapa mundial del poder eclesiástico.

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