El hijo de tu palabra

Hay un tren que parte hacia el norte
esta mañana
adonde abundan los puentes
la vida lenta de chocolate.

Ahora que preparamos
nuestra definitiva/ final/ última
ahogada y resistida puesta en escena
ya que cierras los ojos
para no ver a los fantasmas
soplo en ellos.

“Estamos todos aquí”
los que te creímos
como una sábana de abrazos

se instala en nuestros aposentos
el viento Santa Ana para atajar tus caídas
porque la distancia no sirve
para envolverte con un frente unido
de pechos y gargantas ahogadas
aquí estamos todos
desde la mujer de labios renegridos
o apretados o el pelo reunido
más atrás de la nuca
cadenciosa, mano de sombra
cariño derretido

y los hombres que has amado
que amas o que no amas
y que te rodean aquí
con frente clara y mirada ardiente
los que abusaron de tu ropa negra
tu cara inundada por el llanto convulso
y los terribles secretos
que se esparcen por doquier.

Y el hombre hecho de éter
que te circunda como fiel argamasa
que ha hecho de tu Kristal Nacht
un reflejo de espejos
que se esmera y se acaba
antes de llegar a tu lecho
y antes de que llegues a su lecho

en donde ni te espera
ni te desea
ni muere en ti.
Aunque.

A aquel hombre de huesos livianos
y mano blanda
saludo con mi pedido de paz
dedicado a la gente
que aún aprecio.
Y yo
el último de los hijos de tus palabras,
sostengo con una mano
la punta de tu cobija salvadora
como milagroso taled caído del espacio,
o delicado pezón que amasan mis dedos,
y con la otra escribo
tu nombre en el Pacífico
su eco en las montañas,
yo siembro tu llamado sonoro y abierto
entre los maderos de la resaca
más allá del Pier de Santa Mónica
donde un día rocé tu nombre
bajo la alegría de tu falda.

Y me desintegro
las astillas de mi vida se alejan en órbita
comienzo a experimentar
los primeros cansancios.

No han quedado
ni hueso sano, ni momentos especiales,
se los comió el olvido hastío gastado,
aburrido, vacío, cercenado
como la última sombra  o más bien
el más triste anhelo sobre la tierra.

Y hacemos la ronda, tiernos,
fieles eunuquillos a tu servicio
unidos por el prendedor que te atraviesa.

***
Muchas veces vi mi cabeza rodando
frente a tus labios sellados.
Hasta cuando la serpiente esencial
de tu lengua sabia
se incrustaba en la base de mi cuerpo.

Después de aquellas noches
no llega el día.
Quedé ajado como aquellas
antiguas bolitas de porcelana
casi mártir de mi propio invento,
casi sueño
evaporado de espuma de caricias
que recorren la sombra
de mi cuero cabelludo
o de tu vientre terso.