El cinturón del foreclosure y los pueblos fantasma

Publicado originalmente en HispanicLA.com, julio de 2011.

Si el centro de Las Vegas es la capital mundial de la ilusión y el lujo instantáneo, los barrios que la rodean son el apéndice del nuevo cinturón nacional de la herrumbre.

El “Rust Belt” original es el área histórica en el “midwest” que abarca el norte del estado de Nueva York, la totalidad de Ohio, la mitad inferior de Michigan y la zona alrededor de Chicago en Illinois.

Esta faja fue el centro de la industria estadounidense, la zona que le dio su poderio económico y le permitió su hegemonía mundial, que creó el sueño americano para millones de personas y que colapsó desde hace 30, 40 años.

Allí se desarrollaron la industria de los automóviles y los altos hornos de la metalurgia y la industria pesada. Y cayeron.

De todo eso quedaron, precisamente, fábricas herrumbradas y vecindarios abandonados.

Se lo puede ver a través del filme “Roger and me” de Michael Moore, donde documenta la desaparición de su ciudad natal de Flint, Michigan, como foco de producción automotriz después del cierre de las plantas de General Motors y el despido de 80 mil trabajadores.

Ahora, en el lejano oeste norteamericano, en California, Arizona y Nevada, se ha creado otro tipo de “belt”. He leido el término “foreclosure belt” que quizás lo describa con precisión: el cinturón de la ejecución hipotecaria.

Aquí es donde millones de familias de trabajadores jóvenes que han perdido sus casas y luego de años de pagar fortunas por ellas, debieron devolverlas al banco, dejar el lugar en donde habían centrado sus esperanzas e inversiones y donde nacieron sus primeros hijos.

Según datos del Censo, en enero de este año muchas de las viviendas en este “cinturón” tenían equity negativo.

Es decir, sus compradores le debían a los bancos hipotecarios más que el valor actual al que habían descendido las propiedades. De alli que no podían venderlas.

En Nevada, donde seguramente se han generado las ganancias corporativas más altas del país por la industria hotelera, era el 65% de sus casi 600 mil hipotecas. En Arizona, donde culpar a los inmigrantes indocumentados de los problemas locales ha creado un monstruo político de resentimiento y agresividad contra extranjeros, el 51% de su 1.3 millón de hipotcas. En California, el 32% de 6.8 millones.

Otros estados sufren de manera similar: en Florida es el 48% y Michigan termina de derrumbarse con el 36%.

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El proceso es el mismo: mamá pierde el trabajo; luego lo pierde papá. Las chambas no alcanzan para pagar los gastos y mucho menos la hipoteca. Al poco tiempo deben elegir entre pagar lo adeudado o dejar el lugar. Las otras opciones son escasas y costosas.

Paseamos por un barrio fantasma en Las Vegas. En el diario Las Vegas Review-Journal / Las Vegas Sun, nombre largo que indica la unificación de medios de comunicación para evitar su propia desaparición, vemos avisos de esas casas por 90 mil y 100 mil dólares. Costaron el doble o más. Son nuevas, macizas. Estan a diez millas del famosísimo strip, 10 ó 15 minutos por la carretera 215.

Mansiones con amplios patios de cemento y rincones para la carne asada y cultivar un huerto de hortalizas hoy son estructuras yermas, grises, rotas. No tienen vida, porque la vida se la daban sus moradores.

La cercanía a la opulencia y magnificencia de Las Vegas, el marcado contraste con el derroche de luces y colores por 24 horas, enfatiza la tristeza. Pero aquí, en nuestro Inland Empire de California, en los condados de Riverside y San Bernardino, sin pena y sin gloria tenemos los mismos vecindarios de casas nuevas y abandonadas. Como campos de trigo después de la cosecha, se extienden hacia el horizonte. Aquí y allá se ven matas vivas, parcelas aún ocupadas, a las que las familias se aferran con las uñas.

El foreclosure crea una cultura de rapiña entre los más afortunados. Una familia puso el año pasado y por unas semanas en venta su casa, porque el hombre había recibido una oferta de trabajo en otra zona. Pero los interesados en la compra supusieron que la familia perdía su casa al fantasma de la ejecución; la recorrían con júbilo y ofrecían sumas muy por abajo de la solicitada, jugando con lo que creían era la desesperación de los vendedores por salir antes de perderlo todo. Por supuesto que no hubo venta.

Pero las compras de casas ejecutadas llegan al 50% del total en esas áreas, comparado con el 27% en otras zonas del país.

Si, el número de foreclosures ha descendido notablemente. La situación económica ha mejorado. Pero muchos siguen en el proceso de pérdida o le temen.

Y a lo que me refiero, es que los pueblos fantasmas siguen solos. Y como los del antiguo Far West, que se convirtieron con el correr de los años en deleite de turistas, estos pueblos fantasmas engrosarán las filas de nuestra cultura donde muestras del fracaso del esfuerzo humano se tornan en parques de supuestas diversiones.