El atentado en LAX: por qué nos alarma y por qué no

ciancia

Publicado en el Huffington Post Voces el 2 de noviembre de 2013.

Por todo lo que se sabe ahora, un joven de 23 años de nombre Paul Anthony Ciancia, uniformado y con una pesada bolsa, entró a la terminal 3 del aeropuerto de Los Angeles LAX, con un boleto en la mano. Llegando al piso, abrió su bolsa, extrajo una ametralladora y comenzó a disparar. Mató a una persona, hirió a al menos seis y él mismo está herido o muerto.

Nos alarmamos, paramos las máquinas, escuchamos y leímos.

Pero todos los días matan a alguien en Los Angeles. ¿Por qué nos alarmamos tanto?

Aquí está la lista que publica constantemente el Los Angeles Times de víctimas de homicidio, solamente en esta ciudad.

Mire la lista. Difícilmente pasa un día sin uno o dos muertos aquí. Claro, son víctimas del hampa. Son afroamericanos o latinos en su mayor parte. Pero son muchos, muchos más.

Entonces, ¿por qué la noticia da vuelta al mundo?

Para nosotros, la gente, porque fue un recordatorio de que los homicidios insensatos, los asesinos locos, los que están sueltos y son peligrosos nos pueden hallar en cualquier lugar. Aunque seamos tan inocentes como un bebé. Por ejemplo en un aeropuerto. Cuando estamos esperando la salida de nuestro vuelo de placer, o de trabajo, o cuando acompañamos, para despedirnos, a un ser querido.

Para las autoridades, fue importante, amenazante, porque sucedió en una arteria vital de transporte y comunicaciones del país. En LAX, en donde cada día 165,000 personas llegan o se van, y muchos miles más trabajan.

Y porque pensaban que quizás, quizás, había sido un acto terrorista.

Cuando se cercioraron de que no fue un ataque de Al Qaeda o cualquier otro grupo, entre sí se aliviaron. Menos mal.

Pero sí fue terrorista. Terrorismo fue.

Es terrorismo cuando atacan a civiles para matarlos porque sí. Cuando hacen eco a las incitaciones políticas. Cuando consideran a la gente de la TSA como enviados infernales contra las libertades individuales. No importa que estos agentes están entre los peor pagados, ganan de $25,518 a $38,277 por año.

Cuando merman y desaparecen los presupuestos para atender a enfermos mentales, algo que inició aquí en California Ronald Reagan cuando era gobernador y los sacó de los hospitales. Inclusive en el “generoso” presupuesto del Senado demócrata, que los recortó en otro 3 por ciento. Quizás hubiesen podido ayudar al homicida antes de que lo sea.

Cuando tus líderes te dicen que el gobierno y sus agencias son el enemigo. Que te odian. Que te quieren ver muerto.

Y cuando el derecho de armarse hasta los dientes, legalmente, impunemente, es un principio más sagrado que la vida.

Y cuando se visten de uniforme militar, como si fuesen valientes soldados estadounidenses, como si fuesen Rambo, Schwarzenegger, o una figura de sus juegos de video. Es que la guerra los seduce. Y así, vestidos de soldados – humillando así a los verdaderos soldados del mundo – van a un aeropuerto a matar a quienes revisan el equipaje de la gente, van a una escuela a matar a los niños…

Terrorismo, es. No muy diferente del islámico.

Pero entonces, ¿cuál es la diferencia?

Fácil. Si quien atacó hubiese pertenecido a cualquier grupo considerado “terrorista” por nuestro gobierno, la conmoción sería terrible. El Presidente y sus asesores se reunirían esta misma noche, y saldría él a las cámaras para anunciar nuestra resuelta decisión de no descansar hasta que los responsables “sean llevados ante la justicia”. Si hubiese sido Al Qaeda, Al Shabab o cualquiera de esas alimañas malditas, los líderes del mundo se hubieran declarado justamente solidarios; un altar se levantaría para las víctimas, y una cacería internacional se reanudaría contra quien “está detrás”. Además, la Bolsa tambalearía, el precio de la gasolina aumentaría y la oposición atacaría al mandatario por haber sido “débil” contra el enemigo, y por haber permitido que tal desgracia sucediera, y pedirían su cabeza y la de uno o dos ministros en bandeja.

Pero fue un loco, un desgraciado, un enfermo, un fanático local. Y nada pasa. No hay reacción. El que viene. El que viene podrá comprar armas tan fácilmente como lo hizo éste que ya vino.

¿Dónde consiguió su fusil ametralladora Paul Anthony Ciancia? ¡Qué importa! Al día siguiente se olvidará esta terrible desgracia de nuestra democracia.

Porque es el culto a las armas lo que nos mata.