Cuando David Beckham llegó a Los Angeles

Publicado en la Opinión, 7/15/2007

El video de La Opinión los muestra juntos. Uno con la casaca número 23 del equipo de fútbol Galaxy. El otro de traje fino. Se sonríen, se miran y se abrazan y Antonio Villaraigosa, el de la camiseta, el alcalde de Los Ángeles,  le regala a David Beckham, el jugador, el del traje, unas palabras de bienvenida y una placa conmemorativa.

De la multitud se escuchan abucheos al alcalde y en el noticiero televisado en español, aquella misma noche, los ligan a una presunta indignación del público con las desventuras maritales del hombre.

Pero los búes de los fanáticos se deben a que Villaraigosa es en realidad hincha del adversario, Chivas USA.

Cientocincuenta fotógrafos presenciaron la llegada de Beckham al aeropuerto esta semana. Algunos, como el nuestro, esperaron nueve horas para verlo llegar y transmitir al mundo entero imágenes de los treinta segundos en que el astro se deslizó del terminal a la limusina acompañado de su cónyuge, una cantante pop.

Cinco mil aficionados y seiscientos periodistas vinieron al Centro Home Depot en Carson a ver cómo se probaba una camiseta el jugador más caro de la historia.

El New York Times definió el espectáculo de aquella mañana como una mezcla de los del predicador Billy Graham y los campeonatos de lucha libre.

La euforia de mercadotecnia surtió otra vez efecto.

Y eso que todavía no jugó: su primer partido, de exhibición, es el sábado.

La llegada de David Beckham a Los Ángeles eclipsó esta semana los problemas de Villaraigosa. Hasta compitió con los corolarios del breve lapso que una mujer llamada Paris Milton pasó en prisión.

Las historias fueron repetidas hasta la náusea, y nuestra reacción fluctuó de la indignación a la sorpresa a la admiración.

Porque si todo funciona bien para los magos de la mercadotecnia embarcados en este proyecto de mil millones de dólares, la llegada de Beckham podría ser el comienzo de un anhelado cambio cultural.

Es que el fútbol, lo que aquí se empecinan en llamar soccer, ese deporte de multitudes que nos apasiona, nos hermana y nos separa, sigue siendo en Estados Unidos cosa de latinos. Por ahora es marginal, muy por debajo del fútbol americano, el béisbol, el jockey sobre hielo, el baloncesto. Compite por atención con el golf y el tenis. En el fútbol, son latinos en su mayoría quienes pagan las entradas a los estadios. Son hispanos los que siguieron la Copa América que terminó ayer.

Los partidos internacionales más peleados aquí fueron los que enfrentaron a El Salvador con México.

Y cuando el seleccionado mexicano juega contra Estados Unidos, hay una mayoría mexicana apoyando a su país.

Son inmigrantes, y el fútbol sigue siendo deporte de inmigrantes.

¿Y si  través de Beckham el fútbol se hiciera popular en Estados Unidos? Si Beckham, el rubio, el anglosajón, consiguiera lo que no logró Pelé, el brasileño, el negro, en los ’70?

¿Importa?

Mucho; que alivio entonces, porque a los que fuimos inmigrantes se nos aceptaría el papel de mediadores entre la cultura latinoamericana y la estadounidense. Porque funcionaríamos por fin como agentes del cambio. Surgiría algo nuevo.

Quizás se logre, como corolario de esto que es una operación comercial gigantesca donde otro famoso ganará en una hora lo que un trabajador en un año.

Ahora que afilan las espadas contra los inmigrantes, sería bueno.